Primer viaje: El viaje del SUEÑO
Ariel tenía un sueño que parecía demasiado grande para su realidad.
No sabía cómo iba a conseguirlo.
No tenía todas las respuestas.
No conocía el camino completo.
Pero tenía algo que muchas veces vale más que un mapa:
podía verlo antes de tenerlo.
Cerraba los ojos y se imaginaba viviendo aquello que deseaba.
Y cada vez que alguien le decía:
Eso es imposible.
Él sonreía y respondía:
Todavía no sé cómo, pero voy a descubrirlo.
Porque entendía que un sueño no necesita tener primero un camino.
A veces el camino aparece después de que alguien se atreve a soñar.
Segundo viaje: El viaje de la ELECCIÓN
Un día Ariel llegó a una bifurcación.
Había dos caminos.
Uno era conocido, cómodo y seguro.
El otro era incierto.
Tenía miedo.
Mucho.
Pero entendió algo:
tener miedo no significa que el camino sea equivocado.
A veces significa simplemente que estamos entrando en un territorio que todavía no conocemos.
Y eligió.
No eligió porque tuviera garantías.
Eligió porque había algo dentro suyo que le decía:
“Si no lo intentás, nunca sabrás hasta dónde podías llegar.”
Tercer viaje: El viaje de la CAÍDA
En el tercer camino, Ariel fracasó.
Lo intentó.
No salió.
Volvió a intentarlo.
Tampoco salió.
Por un momento quiso abandonar.
Se sentó al costado del camino y lloró.
Pero después miró aquello que había sucedido y se preguntó:
Qué vino a enseñarme esto?
Y descubrió que una caída podía ser muchas cosas.
Podía ser una derrota.
O podía ser información.
Entonces se levantó.
Cambió la estrategia.
Aprendió.
Y siguió.
Porque había comprendido que: el fracaso no es lo contrario del éxito.
Muchas veces es una de las estaciones que llevan hacia él.
Cuarto viaje: El viaje de la CREACIÓN
Finalmente llegó a un lugar que alguna vez había imaginado.
Y se dio cuenta de algo maravilloso:
no había encontrado su sueño.
Lo había construido.
Cada elección había puesto una piedra.
Cada miedo atravesado había abierto una puerta.
Cada caída le había enseñado algo.
Cada vez que había confiado había encendido una pequeña luz.
Y entonces comprendió:
La realidad que soñamos no siempre aparece mágicamente frente a nosotros.
Muchas veces comienza dentro nuestro, cuando dejamos de esperar que alguien venga a crearla por nosotros.
LOS CUATRO VIAJES DEL PESIMISTA
Mientras tanto, Nadir también había comenzado sus cuatro viajes.
Pero él caminaba mirando hacia otro lado.
Primer viaje: El viaje de la DUDA
También tenía sueños.
Pero cada vez que aparecía uno, inmediatamente aparecía una pregunta:
Y si no puedo?
Después otra:
Y si fracaso?
Después otra:
Y si se ríen de mí?
Y finalmente:
Mejor no.
Su sueño nunca llegó a convertirse en camino.
Porque lo había detenido antes de dar el primer paso.
Segundo viaje: El viaje del MIEDO
Cuando llegó a la bifurcación, Nadir vio el camino desconocido.
Y tuvo miedo.
Entonces eligió el camino conocido.
No porque fuera feliz allí.
Sino porque era seguro.
Y mientras caminaba, miraba de reojo el otro sendero y pensaba:
Algún día…
Pero los días pasaron.
Y aquel “algún día” se convirtió en años.
Tercer viaje: El viaje de LA CULPA
Cuando algo salió mal, Nadir buscó inmediatamente un responsable.
Fue mi familia.
Fue mi pareja.
Fue la economía.
Fue mi infancia.
Fue aquella persona.
Fue la oportunidad que nunca me dieron.
Fue la vida.
Y quizás algunas de esas cosas realmente habían influido.
Pero había algo que todavía no podía ver:
mientras buscaba afuera quién tenía la culpa, entregaba afuera el poder de cambiar su vida.
Cuarto viaje: El viaje de LA ESPERA
Nadir llegó finalmente a un lugar.
Pero no era el lugar que había soñado.
Entonces miró hacia atrás.
Y vio todos los caminos que había dejado pasar.
Las oportunidades que había dudado.
Los sueños que había postergado.
Las decisiones que había evitado.
Los pasos que nunca dio.
Y comprendió algo que le dolió profundamente:
nadie le había quitado su vida.
Muchas veces había sido él mismo quien había entregado el volante.
EL ENCUENTRO
Un día, después de muchos años, Ariel y Nadir volvieron a encontrarse.
Se miraron.
Y se reconocieron.
Habían recorrido los mismos cuatro caminos.
Habían vivido bajo el mismo cielo.
Habían tenido miedo.
Habían perdido.
Habían amado.
Habían recibido oportunidades.
Habían tenido días buenos y días difíciles.
Pero sus vidas parecían completamente diferentes.
Entonces Nadir preguntó:
Cómo hiciste para llegar hasta acá?
Ariel lo miró con ternura.
Y respondió:
No llegué siempre.
Muchas veces también me perdí.
Entonces, cuál fue la diferencia?
Ariel guardó silencio unos segundos.
Después señaló sus ojos.
Creo que fue esto.
Tus ojos?
Sí.
Aprendí que no siempre puedo elegir lo que sucede… pero sí puedo elegir desde dónde observarlo.
Nadir bajó la mirada.
Y Ariel continuó:
Vos mirabas cada obstáculo preguntando:
“Por qué esto me pasa a mí?”
Y vos?
Yo aprendí a preguntar:
“Para qué está apareciendo esto en mi camino?”
Nadir respiró profundamente.
Y por primera vez entendió que quizás nunca habían existido dos caminos.
Quizás siempre había existido uno solo.
Y lo que había cambiado era el observador.
Y el cuento termina así:
Dos personas pueden recibir la misma tormenta.
Una puede verla como una señal para regresar.
La otra puede verla como una oportunidad para aprender a navegar.
Dos personas pueden mirar la misma puerta.
Una puede ver todo lo que podría salir mal.
La otra puede imaginar todo lo que podría comenzar detrás de ella.
Porque la vida no siempre cambia cuando cambian las circunstancias.
Muchas veces comienza a cambiar cuando cambia el observador.
Y quizás esa sea una de las grandes elecciones de nuestra existencia:
Desde qué lugar estás observando tu vida?
Desde el miedo o desde la posibilidad?
Desde la culpa o desde la responsabilidad?
Desde la espera o desde la creación?
Desde lo que falta o desde todo lo que ya está disponible?
Porque tal vez no vinimos solamente a vivir una realidad.
Vinimos también a recordar que somos parte de quienes la crean.
Blog Escrito por Adriana Nicznyda
Comentarios
Publicar un comentario