La última melodía
Schubert, una despedida y el extraño milagro de estar vivos
Franz Schubert tenía 31 años.
Treinta y uno.
Una edad en la que, para la mayoría de nosotros, la vida parece estar recién empezando. Todavía hay viajes por hacer, abrazos que dar, amores que descubrir, canciones que escribir, mañanas que todavía no conocemos.
Pero Schubert sabía que su tiempo podía estar llegando a su fin.
Estaba enfermo. Sabía que algo en su cuerpo se estaba apagando. Y, sin embargo, durante aquellos
últimos meses de su vida, siguió haciendo aquello que quizás mejor sabía hacer: convertir lo que sentía en música.
Y entonces escribió algunas de las páginas más hermosas de toda su obra.
Entre ellas está Ständchen, la célebre “Serenata”, sobre un poema de Ludwig Rellstab. Una canción de amor que parece llegar desde la noche, como si alguien estuviera parado frente a una ventana hablándole suavemente a la persona que ama.
Y hay algo profundamente conmovedor en pensar que quien escribió aquella melodía tenía apenas 31 años y sabía que quizás no tendría muchos años más para vivir.
Porque entonces uno escucha de otra manera.
Las notas dejan de ser solamente notas.
Se convierten en una pregunta.
Qué hacemos con el tiempo que tenemos?
Qué hacemos con las personas que amamos?
Y qué hacemos con las despedidas?
Tal vez Schubert no estaba escribiendo una despedida.
Tal vez estaba escribiendo una manera de quedarse.
Porque hay personas que se van de este mundo y, sin embargo, consiguen permanecer de una forma que desafía al tiempo.
Permanecen en una melodía.
En una frase.
En una obra.
En una sensación que alguien, doscientos años después, vuelve a sentir sin haberlas conocido jamás.
Y entonces aparece algo que me conmueve profundamente: quizás una despedida no es necesariamente el final de una historia.
Quizás es solamente el cambio de la forma en que esa historia continúa.
Podemos mirar una despedida y pensar:
“Qué tristeza que se termine”.
O podemos mirarla desde otro lugar y pensar:
“Qué hermoso que haya sucedido”.
Y entre esas dos miradas hay un universo entero.
Es la diferencia entre observar la vida desde la pérdida o contemplarla desde la gratitud.
Porque la misma lluvia puede ser una tormenta para alguien y una bendición para otro.
La misma noche puede significar soledad para una persona y refugio para otra.
La misma despedida puede sentirse como una herida…
o como la confirmación de que hubo algo tan hermoso que valió la pena amar.
Tal vez eso sea lo que Schubert, sin proponérselo, nos dejó como uno de sus últimos regalos.
No solamente música.
Una manera de mirar.
Porque cuando sabemos que algo puede terminar, comenzamos a escucharlo de otra manera.
Escuchamos más atentamente la voz de quien amamos.
Miramos durante unos segundos más los ojos de nuestros hijos.
Abrazamos distinto.
Nos detenemos frente a un atardecer.
Nos damos cuenta de que una comida cualquiera con alguien querido puede convertirse, algún día, en uno de los recuerdos más importantes de nuestra vida.
Y quizás ahí está el verdadero secreto.
No necesitamos saber exactamente cuándo termina algo para aprender a agradecerlo mientras sucede.
No necesitamos esperar una enfermedad.
No necesitamos esperar una despedida.
No necesitamos llegar a los 31, a los 50, a los 70 o a los 90 para comprenderlo.
La vida está sucediendo ahora.
Mientras leés estas palabras, tu corazón está latiendo sin que tengas que pedirle que lo haga.
Hay alguien que quizás te quiere y todavía no se lo dijiste.
Hay una persona cuya voz todavía podés escuchar.
Hay una mesa a la que quizás todavía podés volver.
Hay una canción que todavía podés poner.
Hay una mañana que todavía no llegó.
Hay un abrazo que todavía podés dar.
Y quizás por eso las despedidas no siempre tienen que ser amargas.
Porque depende del observador.
Depende de dónde ponemos los ojos.
Podemos mirar aquello que perdimos.
O podemos mirar todo lo que tuvimos.
Podemos llorar porque terminó.
O podemos llorar porque ocurrió.
Y hay una diferencia enorme entre ambas lágrimas.
Una nace de la ausencia.
La otra nace de la gratitud.
Quizás por eso, cuando escuchamos aquella melodía escrita por un hombre de apenas 31 años, podemos imaginar algo que nunca sabremos con certeza: que detrás de esas notas había un joven que, aun frente a la fragilidad de su propia existencia, seguía creando belleza.
Y eso es extraordinario.
Porque Schubert no pudo detener el tiempo.
Pero hizo algo mucho más poderoso: hizo que una parte de su tiempo dejara de morir.
La convirtió en música.
Y dos siglos después, alguien puede cerrar los ojos, escuchar esas notas y sentir algo en el pecho.
Sin haberlo conocido.
Sin haber vivido en su época.
Sin siquiera hablar su idioma.
Eso es lo que hace el arte.
Eso es lo que hace el amor.
Eso es lo que hace la vida cuando alguien decide vivirla profundamente.
Por eso hoy, quizás, podamos escuchar a Schubert de otra manera.
No como quien escucha la música de alguien que se estaba despidiendo.
Sino como quien escucha a alguien diciéndonos:
“Mirá qué hermoso es estar vivo.”
Y entonces quizás entendamos algo que muchas veces aprendemos demasiado tarde:
No se trata de que la vida dure para siempre.
Se trata de que, mientras dure, nos encuentre verdaderamente vivos.
Que no pasemos de largo.
Que miremos.
Que toquemos.
Que abracemos.
Que amemos.
Que perdonemos.
Que viajemos.
Que cantemos.
Que nos quedemos un ratito más cuando alguien nos cuenta algo.
Que disfrutemos una copa de vino.
Una conversación. Un mate.
Una canción.
El sol entrando por una ventana.
La mano de alguien que queremos.
Porque quizás algún día, cuando escuchemos nuevamente aquella melodía, entendamos que la verdadera despedida no es cuando alguien se va.
La verdadera despedida sería haber pasado por la vida sin haberla mirado realmente.
Y entonces Schubert vuelve a tocar.
Treinta y un años. Una vida breve. Una melodía inmortal. Y nosotros, del otro lado del tiempo, escuchamos.
Quizás con los ojos cerrados.
Quizás con una lágrima.
Pero también con una certeza: qué inmenso, qué frágil y qué hermoso es estar vivos.
Vivamos de tal manera que cuando alguien nos recuerde el día de mañana no pueda evitar tomarse unos minutos y sonreír sabiendo que pasar por ahí no valió la pena, valió la inmensa alegría de Ser.
Blog Escrito por Adriana Nicznyda




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