La victoria más difícil de San Martín

 Hay batallas que se ganan avanzando. Y hay otras, mucho más difíciles, que se ganan sabiendo retirarse.

En julio de 1822, José de San Martín y Simón Bolívar se encontraron en Guayaquil. Sabemos cuándo se reunieron. Sabemos dónde. Conocemos lo que ocurrió antes y lo que ocurrió inmediatamente después.

Pero no sabemos exactamente qué se dijeron. Y probablemente allí resida una parte de la fascinación que todavía produce aquella entrevista. Dos hombres que habían recorrido caminos enormes para liberar América quedaron durante unas horas frente a frente. Dos ejércitos. Dos liderazgos. Dos maneras de imaginar el futuro.

San Martín venía de cruzar los Andes, liberar Chile, organizar la expedición al Perú y proclamar su independencia. Bolívar avanzaba desde el norte convertido ya en la otra gran figura de la emancipación americana.


No eran simplemente dos generales.

Representaban también dos concepciones políticas diferentes.

José Fransico de San Martín había apoyado años antes aquella extraordinaria propuesta de Manuel José Juaquin del Corazón de Jesús Belgrano de establecer una monarquía constitucional encabezada por un descendiente de los incas y con centro en Cuzco. Ya en el Perú continuó pensando que alguna forma de monarquía constitucional podía ofrecer estabilidad a territorios que acababan de salir de siglos de dominio colonial.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar imaginaba otro camino.  Con una autoridad fuerte y con su propio sueño de integración continental. Su proyecto de la Gran Colombia demuestra que tampoco concebía necesariamente una América pulverizada en pequeñas naciones, en principio. 

La diferencia era real. Y el problema también.

Porque llegado cierto momento, la independencia del Perú necesitaba una conducción militar clara.

Dos libertadores podían colaborar.

Pero dos jefes con enorme autoridad, ejércitos propios y proyectos políticos diferentes también podían terminar enfrentándose.

Nunca sabremos hasta qué punto esa posibilidad estuvo realmente sobre la mesa durante aquellas horas de Guayaquil.



Y quizá tampoco importe demasiado. Porque sabemos lo que San Martín hizo después.

Se fue.

No exigió ser el conductor.

No inició una disputa pública por el liderazgo.

No intentó demostrar quién tenía mayor autoridad ni quien merecía más respeto por las hazañas realizadas. Que se estudian hasta al día de hoy en todas las academias militares. 

No convirtió una diferencia política en una guerra personal.

Años después escribió que había ofrecido incluso ponerse bajo las órdenes de Bolívar y que terminó convencido de que su propia presencia era un obstáculo para que el ejército bolivariano terminara la campaña del Perú.

Esa frase merece ser leída lentamente.


Su propia presencia podía ser un obstáculo.


Hay que imaginar lo que significa comprender algo así cuando uno es José de San Martín.

Había creado un ejército, era el héroe de Bailen, el vencedor de San Lorenzo, Chacabuco y Maipú. El liberador de Argentina , Chile y el Perú. El artífice de una de las obras militares más importantes de la historia, El cruce de los Andes, considerada una hazaña mayor a la de Aníbal o el mismísimo Napoleon de los Alpes. Es más importante a las marchas de Alejandro, según muchos analistas militares internacionales. Según el genial Pablo Neruda en su "Oda a San Martin "

 "...iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos, mientras abajo, muy abajo, los árboles parecían yerba y los torrentes rugían como leones..."






Había cruzado una de las cordilleras más imponentes del planeta.

Había ganado batallas que parecían imposibles.

Había liberado territorios.

Había gobernado el Perú como Protector.

Tenía prestigio, hombres que lo seguían y una visión propia sobre lo que debía ocurrir después.

Y sin embargo pudo considerar algo extraordinariamente difícil:


que la causa podía continuar sin él.


Quizás allí aparezca una dimensión de San Martín menos espectacular que la del Cruce de los Andes, pero no menos importante.

La capacidad de retirarse.

Porque renunciar no siempre significa abandonar, solo comprender el bien mayor. 

Hay un momento en el crecimiento de cualquier proyecto colectivo en el que cada persona debe decidir qué ama más: si la obra o el lugar que ocupa dentro de la obra.

Mientras ambas cosas coinciden, todo resulta sencillo.

El problema comienza cuando dejan de coincidir.

Cuando para que algo continúe tengo que ceder una posición. Cuando mi idea no es la que finalmente prevalece.

Cuando alguien que considero menos preparado ocupa el lugar que yo imaginaba para mí.

Cuando siento que no se ha reconocido suficientemente lo que hice.

Es allí donde aparece una batalla mucho más íntima que cualquiera que pueda librarse con un ejército.


La batalla contra la necesidad de tener razón.

San Martín volvería a demostrar años después una profunda resistencia a participar de las guerras civiles argentinas. En 1829 regresó al Río de la Plata mientras el país se encontraba nuevamente desgarrado por enfrentamientos internos. Al conocer la revolución encabezada por Lavalle y el fusilamiento de Dorrego decidió no desembarcar en Buenos Aires y regresó a Europa.

No quería utilizar su prestigio ni su espada en una guerra entre compatriotas.

Y muchos años después legaría precisamente esa espada a Juan Manuel de Rosas, no por una disputa interna, sino porque consideraba que había defendido la soberanía del país frente a potencias extranjeras.

Hay una coherencia profunda entre aquellas decisiones. La espada tenía un sentido. Había sido tomada para liberar. No para resolver disputas de poder entre hermanos.

Por eso quizás debamos revisar una palabra que suele aparecer cuando hablamos de Guayaquil: renunciamiento. Porque la palabra parece describir una pérdida.

Y tal vez fue exactamente al revés.

José Francisco de San Martín había derrotado ejércitos.

En Guayaquil tuvo que derrotar algo posiblemente más difícil:

la necesidad de que el futuro llevara su nombre.

El proyecto que finalmente nació en América no fue exactamente el que él había imaginado. No hubo una gran monarquía sudamericana. No se restauró una arquitectura política inspirada en el antiguo mundo andino. La propia Gran Colombia de Bolívar terminaría fragmentándose pocos años después.

La historia tomó otro camino. Pero eso no vuelve inútil el gesto.

Porque hay momentos en los que uno no puede garantizar el resultado.



 

Sólo puede decidir qué clase de persona va a ser mientras ese resultado se construye.

Y quizás esa sea la enseñanza que Guayaquil todavía puede dejarnos doscientos años después.

No toda diferencia merece una batalla. No toda autoridad necesita ser defendida. No todo desacuerdo justifica una ruptura. Y no siempre el que se retira es el que pierde.

A veces la verdadera grandeza consiste en comprender que una obra es más grande que cualquiera de las personas que participan en ella.

Incluso más grande que nuestras ideas.

Incluso más grande que nuestro prestigio.

Incluso más grande que nuestra certeza de tener razón.

Hay personas capaces de luchar por una causa.


Muchas menos son capaces de no enfrentarse a sus hermanos por ella. 

 

Y quizás por eso, entre todas las victorias de José de San Martín, una de las más extraordinarias no ocurrió en San Lorenzo, Chacabuco ni Maipú.

Ocurrió en una habitación de Guayaquil.

No sabemos exactamente qué palabras se pronunciaron allí.

Pero conocemos la decisión que vino después.

San Martín guardó su espada.

Y dejó que América siguiera caminando.

 Blog Escrito por Juan Pablo Caivano 





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