La diferencia entre estar receptivos y estar esperando instrucciones

 


La diferencia entre estar receptivos y estar esperando instrucciones

Cuando una persona comienza a trabajar con la atención, la percepción consciente o aquello que muchas veces llamamos manifestación, suele ocurrir algo interesante.

Al principio creemos que estamos aprendiendo a confiar.

Pero muchas veces seguimos intentando controlar.

Solo que ahora de una manera más sutil.

Quizás ya no estamos obsesionados con hacer que las cosas sucedan.

Quizás ya no estamos intentando resolverlo todo desde el esfuerzo.

Sin embargo, aparece otra forma de control que suele pasar desapercibida.

Comenzamos a buscar señales.

Comenzamos a esperar respuestas.

Comenzamos a intentar descubrir cómo va a ocurrir aquello que deseamos experimentar.

Y aunque parezca una actitud receptiva, muchas veces sigue siendo una forma de ansiedad.

Porque en el fondo seguimos queriendo saber.

Seguimos necesitando garantías.

Seguimos intentando controlar el camino.

La atención deja de estar enfocada en la experiencia que deseamos vivir y comienza a enfocarse en descubrir el mecanismo que la hará posible.

Y allí aparece una diferencia muy importante.

No es lo mismo estar receptivos que estar esperando instrucciones.

La receptividad abre espacio.

La espera busca certezas.

La receptividad observa.

La espera exige respuestas.

La receptividad permite.

La espera controla.

Y aunque la diferencia parezca pequeña, transforma completamente nuestra relación con la realidad.

Muchas personas creen que percibir sincronías significa que constantemente van a recibir mensajes que les indiquen exactamente qué hacer.

Pero la experiencia suele ser diferente.

La mayor parte del tiempo no recibimos un mapa completo.

No vemos todo el recorrido.

No conocemos todos los pasos.

Y sin embargo los procesos continúan organizándose.

Porque la función de la conciencia no necesariamente es descubrir el camino completo.

Muchas veces su función es sostener una dirección.

Aquí aparece una de las confusiones más frecuentes cuando hablamos de creación consciente.

Confundimos la dirección con el camino.

La dirección es la experiencia que deseamos vivir.

El camino es la forma específica a través de la cual esa experiencia llegará a nuestra vida.

Y no son lo mismo.

La dirección puede ser la expansión.

La libertad.

La abundancia.

La belleza.

El disfrute.

La conexión.

La paz.

La realización.

Sin embargo, la personalidad suele quedar atrapada intentando descubrir de qué manera exacta esa experiencia se manifestará.

Quiere saber cómo.

Quiere saber cuándo.

Quiere saber de dónde vendrá.

Quiere conocer cada paso antes de avanzar.

Pero muchas veces aquello que finalmente ocurre llega a través de caminos que jamás habríamos podido anticipar.

Por eso una de las mayores formas de tensión no proviene de la ausencia de resultados.

Proviene de la necesidad de controlar el recorrido.

Y cuanto más intentamos controlar el recorrido, menos disponibles estamos para percibir posibilidades nuevas.

Porque seguimos mirando únicamente aquello que encaja dentro de nuestros cálculos.

Mientras tanto, la realidad continúa organizándose más allá de lo que nuestra mente puede prever.

Quizás por eso una de las preguntas más importantes no sea:

"¿Cómo va a suceder?"

Sino:

"¿Qué experiencia estoy eligiendo vivir?"

Porque cuando la atención deja de obsesionarse con el mecanismo y vuelve a la experiencia, algo comienza a ordenarse internamente.

La energía deja de concentrarse en la preocupación.

La percepción deja de buscar respuestas desesperadamente.

Y aparece una disposición diferente.

Una apertura.

Una disponibilidad.

Una confianza más profunda.

Y entonces comenzamos a comprender algo importante.

No siempre necesitamos conocer el camino para avanzar.

Necesitamos recordar la dirección.

Necesitamos recordar la experiencia.

Necesitamos recordar aquello que estamos eligiendo habitar.

Porque cuando la dirección está clara, la vida puede organizar caminos que todavía no alcanzamos a ver.

Y quizás allí comienza la verdadera receptividad.

No cuando recibimos instrucciones.

No cuando tenemos todas las respuestas.

Sino cuando dejamos de exigirlas.

Porque la receptividad no consiste en salir a buscar señales.

La receptividad consiste en estar disponibles.

Disponibles para percibir.

Disponibles para aprender.

Disponibles para reconocer oportunidades.

Disponibles para registrar movimientos que antes pasaban desapercibidos.

La diferencia parece pequeña.

Pero cambia completamente la experiencia.

Buscar señales implica que todavía estamos intentando obtener información.

Estar disponibles implica confiar en que la información necesaria aparecerá cuando corresponda.

Y quizás esa sea una de las formas más profundas de confianza.

No la confianza que nace de saber exactamente cómo ocurrirán las cosas.

Sino la confianza que surge cuando dejamos de necesitar saberlo para seguir avanzando.

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Pascua: cuando la vida te pide soltar para poder empezar de nuevo

Resultados en el camino espiritual: ¿buscar o soltar?

Cuando la atención cambia, el destino se da vuelta