La trampa para monos
En algunos lugares de África y Asia utilizan una trampa muy simple para atrapar monos.
No es una jaula.
No es una red.
No es violencia.
Yo la escuche en Misiones, Argentina. Funciona así, en un coco, caja o una vasija con un agujero apenas lo suficientemente grande como para que el mono meta la mano abierta. Adentro, hay comida. Generalmente maní. El mono mete la mano, agarra el alimento… pero cuando intenta sacarla, ya no puede. Porque con el puño cerrado no entra por el mismo agujero.
Y entonces pasa algo increíble, el mono no suelta. Podría liberarse en un segundo. Solo tendría que abrir la mano.
Nosotros hacemos exactamente lo mismo. Nos quedamos en relaciones que nos lastiman, porque “ya invertimos demasiado”. Nos quedamos en trabajos que nos apagan, porque “al menos es seguro”, en vínculos donde solo hay rencor, porque “después de todo lo que pasó, no puedo irme así”.
Lo más doloroso no es perder lo que teníamos, es seguir perdiéndonos a nosotros mismos
por no soltarlo.
Hay una trampa más sutil todavía: El rencor.
Porque a veces no estamos atados al amor, sino al enojo.
Y creemos que aferrarnos nos hace fuertes. Pero el rencor es como cerrar el puño con una piedra caliente.
El primero que se quema sos vos.
Mientras seguimos aferrados a lo viejo, lo nuevo no tiene espacio. No puede entrar una relación sana si sigo emocionalmente atrapado en la anterior. No puede llegar una oportunidad distinta si sigo intentando revivir la que ya murió. No puede aparecer paz si sigo sosteniendo resentimiento.
Lo nuevo necesita espacio. Y el espacio solo aparece cuando abrimos la mano.
La trampa para monos no es cruel. Es simple. Y tal vez la vida hace lo mismo con nosotros.
Nos deja elegir. Podemos seguir cerrando el puño, defendiendo lo que ya no nos nutre.
Esto también va a pasar.
Pero solo si te animás a abrir la mano.





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