Justificando nuestra existencia

 


¿Estás buscando justificar tu existencia?


¿Cuántas veces realizamos cosas para justificar nuestro paso por el mundo?
Trabajamos largas horas en proyectos, buscamos grandes logros, ansiamos una posición o status, estudiamos para obtener buenas calificaciones. Realizamos incontables actividades externas en un esfuerzo por validar nuestra existencia aquí.

Esta búsqueda no se limita a nuestros trabajos; puede manifestarse en una dedicación intensa a la crianza de nuestros hijos, en roles de padres o abuelos, o en tareas de servicio ayudando a quienes percibimos como necesitados. No es que estas actividades carezcan de valor —todo esto es grandioso y digno de respeto— pero a veces lo hacemos con la intención de encontrar una razón para estar aquí, de dejar una huella, de pensar en cómo seremos recordados.

Damos tanto valor a lo que hacemos afuera, en el ámbito de la acción, que, al llegar a cierta edad, muchos dicen: “Ya no tengo nada más que hacer aquí; mi pareja partió, mis hijos y nietos han crecido, y hace años que me jubilé. Ya no tengo una razón de ser.”

Esta desconexión con nuestra esencia nos lleva a buscar maneras externas de justificar nuestra existencia, alimentando nuestro ego con la idea de que “no vine en vano, hice una diferencia y contribuí a un mejor lugar para todos.” Esto, sin duda, es positivo: ayudar y generar cambios constructivos en nuestro entorno es admirable. Sin embargo, nuestra verdadera tarea en esta experiencia de vida es más profunda. Nuestra misión es manifestar el amor de la fuente, de la divinidad, de Dios (como cada uno quiera verlo).

No hay nada que hagamos en el exterior, en el plano de la acción, que sea más importante que estar conectados a la fuente, permitiendo que todo ese potencial se exprese en nosotros, encendiéndonos en la frecuencia más alta y activando nuestro cuerpo físico en su máxima expresión. Las justificaciones externas, si no tenemos cuidado, pueden volverse distracciones que nos alejan de lo esencial: nuestra conexión con la fuente.

Reflexiona sobre a dónde estás dedicando tu atención y energía. ¿Es para satisfacer al ego o para conectar con lo que realmente importa?


Todo esto me recuerda a ese viejo cuento budista que lo podés escuchar aquí abajo.

Clic aquí para escuchar el cuento

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